El museo de América exhibe una muestra de textiles funerarios peruanos


El pasado día 9 de septiembre, llegaron al madrileño Museo de América, las 82 piezas de los ajuares funerarios, con que los miembros de las culturas peruanas Paracas, Topará y Nazca (hace más de dos mil años) amortajaban y envolvían a sus difuntos tras su muerte y a lo largo de generaciones. La muestra “Mantos para la eternidad: textiles paracas del antiguo Perú”, patrocinada por el Ministerio de Cultura y la Embajada de Perú, fue inaugurada el pasada 22 de septiembre por la Directora General de Bellas Artes y Bienes Culturales Ángeles Albert y el Embajador de Perú Jaime Cáceres. Permanecerá abierta al público hasta el 14 de febrero de 2010.

Mantos para la eternidad y una momia en la colección del Museo de América

La muestra instalada en las dependencias del Museo de América está integrada por mantos (15), ponchos cerrados, esclavinas, turbantes, binchas o cintas de cabeza, sudarios, faldas masculinas, guaras o taparrabos, anacos o especie de túnica femenina y tocados (como denota la única pieza de la muestra procedente del Museo Regional de ICA). Todas las demás pertenecen al Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú.

No obstante, se trata de piezas excepcionales con mucha dificultad para poder ser exhibidas permanentemente -incluso en los museos peruanos- por su fragilidad a la luz. La mayoría permanecen guardadas en almacenes. “Aunque el textil en Perú tiene una antigüedad mucho mayor -aseguró Ana Verde Casanova a Voces del Desierto- fue realmente en esta cultura cuando alcanzó su máxima maestría técnica y cromatismo. Estas telas no tienen parangón con ningunas otras en el mundo”.

Se confeccionaban especialmente para los enterramientos, con una complejidad técnica admirable: sobre telas llanas de algodón con trama y urdimbre se bordaba con agujas de cactus en fibra de camélido (llama y alpaca), la misma con que se hacían los flecos”. La superposición de textiles durante diversas generaciones permitió recuperar la mayoría en muy buenas condiciones. A esto hay que unir el clima seco y árido de la región y que las momias aunque se descomponían, también eran sometidas a algún pequeño proceso de desecación al sol, incluso de visceración.

Aunque entre la colección permanente del Museo de América se expone habitualmente un manto lineal con diseños de serpientes y una momia Paracas con su ajuar, procedente de esta necrópolis peruana, no fue hasta 1929, cuando, Julio Tello -considerado el padre de la arqueología peruana- trajo a nuestro país los primeros textiles descubiertos.

Un “hito mágico” para contemplar la historia y la materialización del pasado

Así lo recordó el pasado 13 de septiembre Ángeles Albert de León, Directora General de Bellas Artes y Bienes Culturales, durante la inauguración de la muestra “Mantos para la eternidad: textiles Paracas del antiguo Perú”. Tras agradecer al Ministerio de Cultura de Perú su generosidad con España “permitiéndonos mostrar al público español el esplendor de una de las muchas culturas ancestrales peruanas: rica, variada y que tiene aún mucho que enseñarnos”. “Me parece muy emocionante lo que debieron sentir los arqueólogos que descubrieron y encontraron estos fardos funerarios, y emocionante también debió ser lo que sintieron los ciudadanos españoles y del mundo que estuvieron presentes en el año 29, cuando parte de estos fondos se abrieron -incluso por primera vez al público- en el marco de la Exposición Universal de Sevilla”. “Es realmente sorprendente pensar ahora  -con el paso del tiempo- que alguien tenga la oportunidad de presenciar, de tener el hito mágico, el instante preciso en el que la historia y el pasado se te materializa delante”.

Por su parte, Jaime Cáceres Sayán, Embajador de Perú en nuestro país aseguró que “no todos los días tenemos la oportunidad de presenciar algo que se remonta entre 500 y 200 años antes de Cristo. Estos textiles y objetos Paracas, han estado bajo tierra durante 20 siglos, durmiendo totalmente momificados en sus tumbas, envueltos en estos ajuares imponentes de delicados tejidos de algodón y camélido andino. Más allá de la riqueza iconográfica que poseen y que permiten diversas interpretaciones culturales, estos mantos están poseídos por el extraño atributo de la belleza”.

Tras agradecer a nuestro país y al Museo de América la acogida dispensada a esta excepcional exposición, Cáceres Sayán se mostró convencido de que “cuantos visiten la muestra los  apreciarán como se admira una genuina obra de arte”. “Durante estos 2000 años los señores de Paracas –concluyó emotivamente- durmieron en sus Necrópolis bajo la protección de estos mantos, cuyos diseños parecen conjuros para transitar por el mundo de las sombras”.

El tesoro de la necrópolis Paraca de Wari Kayan, al sur de Perú

Todos los tejidos expuestos en la muestra exhibida en el Museo de América, pertenecen a la necrópolis de Wari Kayán, en la Península de Paracas, una zona desértica al sur de Perú.

El año pasado viajaron al museo parisino de Quai Branly, patrocinador de la restauración de los textiles. Esta es la segunda vez que se muestran en España. Anteriormente, también fueron exhibidos en Sao Paulo (Brasil).

Pero este excepcional tesoro permaneció sepultado más de dos milenios. No fue hasta 1925 cuando un “guaqueador” (profanador de tumbas) indicó el paradero de estos yacimientos necrológicos.

Durante más de cuatro años el arqueólogo peruano Julio Tello, realizó una campaña arqueológica en Paracas Necrópolis, recuperando 450 fardos funerarios, que contenían momias enterradas en recintos subterráneos de forma rectangular. La mayoría  tenían ofrendas y varas que señalaban su ubicación. A lo largo de estas excavaciones rescató más de 4.000 textiles (200 mantos), piezas de orfebrería, cerámica y armas”.

El hallazgo -perteneciente a la fase Paracas Necrópolis, cuyo desarrollo cultural está unido a la cultura Topará y Nazca- fue trasladado al Museo de Lima. Tras ser desenfardados se supo cómo se construían, las ofrendas que contenían y cómo a los miembros de mayor rango social -tras su muerte- se les dispensaba un tratamiento preferencial.

Diferente trato a los difuntos, según su importancia y condición social

En los fardos más sencillos, el muerto era flexionado, puesto de cuclillas y envuelto en un sudario acompañado de calabazas y comida para la otra vida; mientras los más complejos estaban formados en torno al cadáver. En estos últimos, los más complejos y elaborados, el finado era sentado dentro de un cesto en posición flexionada, con los brazos y piernas atados entre sí y una calabaza colocada bajo el mentón. Adornos de oro tapaban sus orificios faciales y diversas ofrendas (armas, agujas, cerámicas, un abanico y tejidos) le eran añadidas por capas.

Su silueta corporal se remarcaba entre tres y seis veces, mediante grandes sudarios cuyo envolverlo era sujeto (amarrado) en la parte superior formando una “falsa cabeza” provista de un tocado o turbante. Entre éstos, colocaban numerosas prendas hasta alcanzar la forma de un bulto cónico, con una altura de hasta 1,5 m y un peso superior a los 100 kilos. En el costado del cadáver, le ponían recipientes con comida para que se alimentara en la otra “vida”.

Sólo los sujetos de mayor estatus social obtenían tras su fallecimiento un trato preferente. A sus mortajas, les iban añadiendo más textiles, generando una “falsa cabeza” que acicalaban con turbantes, narigueras, orejeras y diademas, a las que añadían cerámicas, mazas, alguna punta de flecha de ovidiana -e incluso agujas de tejer- y otras ofrendas. Algunos fardos contenían hasta noventa prendas textiles de diferentes tamaños, desde miniaturas a mantos de grandes dimensiones. Para ilustrar a los ojos del público este proceso la muestra ha sido acompañada por las láminas realizadas por Pedro Rojas Ponce, acuarelista del Museo de América.

“Con el «guaqueo» -se lamenta Ana Verde Casanova, conservadora jefe de los fondos de la América precolombina y comisaria de la exposición- se ha hecho mucho daño. En arqueología cada tumba es una página abierta que cuanto se remueve es como si fuera arrancada sin que ya nunca más pueda volver a ser leída”.

Una cultura, con importantes relaciones comerciales hacia el exterior

Pese a la muerte de Tello en 1947, su equipo arqueológico continuó trabajando sobre estos materiales. De este modo, a principios de los 80, se obtuvieron los primeros resultados científicos de una cultura aún muy desconocida.

Los pobladores Paracas usaban diversos materiales tales como obsidiana o incluso la propia fibra de camélidos en la confección de los mantos, denotando que pese a estar situados geográficamente en la costa sur de Perú, los habitantes de Paracas mantenían unas importantes relaciones comerciales con la selva y la sierra.

Y no sólo a nivel interno, sino también con la costa norte de Ecuador, como denota la aparición en diversos fardos funerarios de diversos collares de spondylus (propios de las aguas calidas ecuatorianas). El abanico que portaban algunas momias, con mango de fibra vegetal y cuerpo de plumas de cóndor u otras aves amazónicas, constituía el corazón del fardo.

Mensajes criptográficos bordados en los mantos

Entre las características más notables de estos tejidos, destacan los bordados. En Paracas, alcanzan -por su técnica, cromatismo, estilo y composición- el mayor desarrollo conocido hasta ahora en la cultura precolombina peruana.

Antes de comenzar la elaboración de un manto o cualquier otra prenda textil, ya tenían establecida la técnica, hilado, torsión, dibujo, colores y tipo de diseño que iban a aplicar a ese tejido, colores y tipo de diseño.

Pese al desconocimiento existente aún de esta cultura, la mayoría de los investigadores coinciden en que cada imagen plasmada en estos mantos -sin duda- está transmitiendo un mensaje criptográfico, que actualmente aún no ha sido posible descifrar, pero que en la sociedad de esos tiempos, estaba dotado de perfecto significado.


Javier Julio García Miravete

Escribo luego existo. Me apasiona la cultura y soy un empedernido luchador contra la injusticia y la corrupción. Admiro la sabiduría de los demás y a cuantos crean para la construcción de un mundo mejor. No me duelen prendas para reconocer en los demás méritos y virtudes, que me gustaría aprender de ellos. Soy un rebelde con causa siempre abierto a nuevos caminos y empresas. Periodista amante de la ciencia, el arte, la literatura, la fotografía, el cine, la música, el coleccionismo, los libros y papeles antiguos que me permiten reconstruir perfiles e historias de otros tiempos. Sueño con proyectos magníficos que me desbordan y que no logro activar por desintereses políticos. Desde aquí impongo mis normas sin someterme a protocolos. Escribo lo que quiero como quiero e intento ser libre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducir »